Rompiendo la inercia

Ariel Maceo
Exilio y publicación
Cuando me iba al exilio, escribí un pequeño declaración de porqué me tuve que ir de Cuba de manera forzada. Lo empecé a escribir mientras estaba en el Duty Free de La Habana esperando mi vuelo.
Cuando aterricé en Managua, lo tenía terminado. Además, inició una travesía por carretera de Nicaragua a México, así que no me atreví a publicarlo. Más tarde, un día después de llegar a Tapachula, lo publiqué en mi Facebook. Alemania, ofrece paralelos similares.
Lo próximo que escribí después de eso fue un poema llamado -El poeta que vive dentro de mí está muerto. También lo publiqué en mi Facebook.
Cuento esto porque ese poema viene siendo el primer texto literario que escribí desde otro país que no era el mío, desde otra realidad que no era la mía, o quizás sí lo era, pero aún era demasiado pronto para aceptarla. Porque hacerlo era aceptar que ya estaba en el exilio y que no habría vuelta atrás.
Caí en cuenta de que todo lo que escribiera a partir de ese momento sería desde una nueva realidad. Y cuando llegué aquí a Alemania todo se complicó porque de buenas a primeras había aterrizado en un país con otra lengua, otra cultura y con más frío.
Así que varias preguntas comenzaron a atormentarme: ¿Y ahora de que voy a escribir? ¿A qué público le voy a escribir? ¿Quién me va a leer ahora?
Así que estuve un tiempo sin escribir porque no tenía idea de por dónde comenzar. Antes estaba en Cuba y escribía sobre la isla hacía un público hispano pero ahora estaba a miles de kilómetros de distancia de ese público y en otra zona horaria con seis horas de diferencia.
Sin embargo entendí que a pesar de los cambios, del invierno alemán, del idioma, tenía que volver a tomar la escritura. Y lo hice. Ya no como un escritor que necesitaba denunciar la represión en su contra, sino como un escritor que vive en un país normal, escribe cosas normales y que también aprovechaba su literatura para denunciar las cosas que ocurren en su país.
Lo que me llevó a escribir mi primer cuento de terror. Ya había escrito otros cuentos estando en Cuba, pero de terror nunca. Jamás se me hubiera pasado por la cabeza. Y por alguna extraña razón escribí un cuento de terror Influenciado probablemente por la oscuridad en el invierno o por el cuervo que se posa frente a mi ventana.
Y lo gracioso de esto es que me ha encantado.
De buenas a primeras me doy cuenta de que vivir en libertad me ha expandido la cabeza. Además, ahora pienso en historias o poemas que antes no tenía concebidos.
Ojo, eso no significa que vivir en otro país y con otra lengua me haga escribir mejor o peor. Sin embargo, lo que sí veo es que mi cerebro ha entrado en modo supervivencia.
Mis historias ahora se acercan más a la cultura de mi nuevo vecindario. Además, lo peor es que ni siquiera es forzado. Es un cambio gradual que va ocurriendo mientras tu vida se adapta a otra geografía. Con el tiempo, todo se aclara.
Ahora me gustaría contar historias de corsarios y piratas por ejemplo. Y sí hay miles de esos relatos y películas, pero en Cuba también tuvimos esas historias y por lo general la gente no las escribe, o lo hacen muy poco. Es probable que el pirata Joaquín Ruiseñor peleó contra Jack Sparrow frente al malecón de la Habana y no lo sabemos porque nadie lo ha escrito. Bien podría ponerme a escribir historias de indios, mambises o mafiosos, porque todo eso lo tuvimos en Cuba y apenas hay relatos sobre estos temas precisamente porque el régimen obligó a la gente a escribir sobre la revolución y el socialismo y la gente por miedo dejó de contar nuestra historia. Porque de alguna forma los escritores somos historiadores autodidactas que dejamos plasmados los sucesos de nuestros países en un cuento, una novela o un poema.
Alemania, inspira mi escritura
Por supuesto, fuera de mi país, la mente se expandió para entender que puedo escribir estos cuentos. Además, Alemania, me impulsa a escribir historias cubanas que una madre alemana lee a sus hijos antes de dormir. También siento que estas imágenes me conectan con lectores fuera de mi país.
O quizá algunos jóvenes cubanos la leen reunidos en el portal de una casa. La leen a la luz de la luna, porque no tienen electricidad. Esta expansión se debe a una mezcla de impulso creativo y distancia. Así, la experiencia de lectura se abre para muchos.
Y esto no es nuevo, antes tuvimos El siglo de las Luces o el Reino de este mundo de Alejo Carpentier quien supo plasmar de forma magistral la Cuba del siglo XIX. También tuvimos a Juan Quinquin en Pueblo Mocho o Mitología cubana de Samuel Feijóo quien retrató el entorno rural de Cuba de una manera en la que a día de hoy los escritores han olvidado. Por supuesto hay obras cubanas sobre estas temáticas que lamentablemente o están archivadas o nunca ha sido permitido publicarlas y no lo sabemos. Si algo permite un país de acogida es el hecho de que puedes romper las barreras literarias.
Y aquí viene algo importante: la retroalimentación.
Siempre tenemos acceso a literatura acorde a nuestra zona geográfica, luego uno empieza a investigar literatura de otras partes del mundo pero en esa búsqueda se quedan fuera escritores locales de esos países que sus novelas seguro son leídas por la localidad y cuando uno cambia de país, te encuentras la biblioteca del barrio presentando a escritores locales contando buenas historias, aunque su literatura no llegue a los medios nacionales. Y esto es algo fenomenal porque eso te da la oportunidad de saber las tendencias o las formas de escribir del país en cuestión. Y también te permite saber que tipo de géneros literarios gustan más, o con cuales se experimenta.
Otra cosa interesante es que con la cantidad de eventos literarios tanto a nivel de ciudad como de país, te permite asistir y conocer a escritores con una carrera establecida e incluso, acercarte a ellos y hacer preguntas si el tiempo lo amerita.
Lo curioso es que esto lo cuento sabiendo que en muchos de sus países es normal formar parte de la escena literaria y participar en eventos cómo en este que estamos aquí ahora, pero de donde yo vengo es bastante difícil.
Por ejemplo, ahora me gustaría contar algunas historias cubanas pero escritas en idioma alemán o con personajes alemanes incluido. Por supuesto no sé nada de alemán. Pero me gustaría en un futuro escribir mi poesía en el idioma del país que me acogió. Esto no es sólo un reto, esto tal vez es un homenaje y siento que forma parte de mi proceso de adaptación. Porque si ya es difícil escribir historias que conecten con un público, imagínense escribir historias de tu país viviendo en otro país.
Parece un trabalenguas pero no lo es.
El reto que vivimos los escritores que por diferentes circunstancias cambiamos de horizonte, es muy grande. Porque por un lado está nuestro arraigo y esencia, en mi caso cómo cubano, y por otro lado está la duda permanente de si lo que estoy escribiendo le va a interesar a mi vecino alemán o de otras naciones hispanas o no, dicho sea de paso.
En última instancia lo que sí sé que no puede ocurrir, es que dejemos de escribir.
Ahí sí estamos perdidos.
Sí dejamos de escribir desaparecemos, no físicamente, pero sí culturalmente porque aunque no lo parezca, los escritores que nos vamos a otros países somos una especie de embajadores por cuenta propia que sin proponérselo representamos, no a nuestros gobiernos, sino a nuestra tierra, a nuestras calles, a nuestra sociedad, y a nuestra gente.
